Nací en 1980 en Santiago de padres también santiaguinos: Luis y Mónica. Fui el primero de cinco hermanos: Mariana, emprendedora; Pedro, que estudió teología; Francisco, economista; y Sofía, que hoy es estudiante de pedagogía. Somos una familia diversa y a la vez muy respetuosa.
Estuve catorce años en el mismo colegio: el Newland, del cual conservo grandes amigos… o más bien amigas, ya que mi timidez y mi poco interés en el fútbol me lo hacían difícil con los compañeros. Salí del colegio con muy buenas notas, fui puntaje nacional en la Prueba de Conocimientos Específicos en Matemáticas y entré a estudiar ingeniería civil en el campus San Joaquín de la Universidad Católica, ubicado en la comuna de Macul.
Durante ese período probé diferentes cosas: modelaje, actuación e, incluso, aprendí alemán y francés. Sin embargo, las cosas para mí comenzaron a cambiar cuando tuve el privilegio de estudiar durante un semestre en la Universidad Técnica de Berlín, experiencia que me hizo crecer tanto académica como personalmente.

La libertad que experimenté me dio fuerzas para ir por primera vez a una fiesta gay y así conocer por primera vez a alguien que se identificaba como gay, lo cual me cambió la vida. Me di cuenta de que ser gay era algo completamente normal y que se podía hacer una vida totalmente feliz. Si en Chile no se vivía con la misma naturalidad que en Alemania, era simplemente porque vivíamos en una burbuja ultraconservadora aislada del resto del mundo.
Sin pensarlo ni buscarlo, esa constatación fue el sustento de mi futuro activismo: si permanecía escondido, ocultando mi orientación sexual y pidiéndoles a mis amigos que se quedaran piola, estaría ayudando a perpetuar esa cultura del secretismo que tanto daño me había hecho a mí y, por lo tanto, haciéndoselo más difícil a las nuevas generaciones.
En 2007, me titulé como ingeniero civil industrial con diploma en ingeniería ambiental. A diferencia de mis compañeros, no me puse a buscar trabajo. Hacía pocos meses había empezado a dializarme tres veces a la semana durante cinco horas producto de una enfermedad renal genética que me habían descubierto por casualidad dos años antes. Fue una época muy difícil, pero al mismo tiempo de gran aprendizaje. El principal de ellos es que mi futuro estaba en mis manos y que podía vivir como víctima dependiendo de mis papás para siempre o tratar de hacer una vida lo más normal posible. Opté por lo segundo.
Fue así como me las arreglé para entrar al mundo laboral, primero en una consultora de logística, luego en el Centro de Políticas Públicas UC, en la comuna de Providencia, y finalmente en la Secretaría General de la Presidencia, en el centro de Santiago. Además, me independicé de mis papás y me vine a vivir a un pequeño departamento en Santiago centro, donde vivo hasta ahora. Lo que perdí en metros cuadrados lo gané en mejor calidad de vida: menor tiempo de traslado, la posibilidad de moverme a pie o en bicicleta, una gran oferta de comercio y servicios a menos de una cuadra de distancia y, lo más importante, un ambiente diverso en todo sentido.
A los pocos meses de vivir en el centro recibí mi primer trasplante, proveniente de un donante cadáver. Si bien mejoró enormemente mi calidad de vida, porque me libré de la diálisis, no me duró mucho tiempo. Al año tuve un rechazo que logró ser mantenido a raya, pero que empeoró mi función renal definitivamente. Es por eso que en 2015 me sometí a un segundo trasplante, esta vez proveniente de mi hermano Pedro.

La constatación de que nunca debía esconder mi orientación sexual fue lo que me hizo aceptar el ofrecimiento que, en 2009, recibí del director de cine a cargo de la franja del entonces candidato Sebastián Piñera para aparecer tomado de la mano con otro hombre para simbolizar su apoyo al reconocimiento de las parejas del mismo sexo. Sin imaginarlo, terminé protagonizando la escena más polémica de la campaña, provocando un enfrentamiento constante entre la pequeña chispa liberal y la gran masa conservadora que había en su coalición, lo cual me transformó sin proponérmelo en activista. Dado el interés mediático y político que suscitó el compromiso presidencial, terminé fundando Iguales y arrendando una pequeña oficina en el Parque Bustamante, comuna de Providencia, junto al escritor Pablo Simonetti y al abogado Antonio Bascuñán.

En 2011, partí a Francia a hacer una maestría en relaciones internacionales en el Instituto de Estudios Políticos de París, algo que sí me apasionaba y en lo que había trabajado en el gobierno. Mientras estaba allá, Pablo Simonetti, primer presidente de Iguales, me pidió que lo sucediera cuando volviera.
Entre 2013 y 2017, fui el presidente de la organización. Ha sido el trabajo más desafiante que he tenido, tanto por la gran carga de trabajo como por la amplitud de las tareas que realicé: política, legislación, planificación estratégica, recaudación de fondos, relaciones públicas, vocerías, relatorías, recursos humanos, etc. Tan clave fue el trabajo en Iguales que creo que me dejó listo para el mayor desafío que he enfrentado en mi vida: competir por un cupo en la Cámara de Diputados representando a Providencia, Ñuñoa, Santiago, Macul, San Joaquín y La Granja.